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El esplendor de la ausencia

I. El umbral de los pétalos

La noche no es negra, sino terciopelo azul profundo, y huele a tierra recién mojada, a incienso antiguo y a cempasúchil. El aire es una piel que se estremece con la llegada, pero en el centro del hogar, la luz de la ofrenda arde con amor y tenacidad. Allí, en el umbral, el tiempo se ha roto. Ya no existe el "ayer" ni el "mañana", solo este minuto donde los vivos esperan y los ausentes caminan.

El alma regresa sin cuerpo, pero con una sed y un apetito que la memoria ha conservado intactos. Sigue el rastro dorado, la alfombra de pétalos de cempasúchil que, como migajas de luz, señalan el camino preciso desde la tumba hasta el corazón. Los pies que ya no existen, sienten la vibración de cada color naranja quemado, el calor tenue de cada flama que es, en realidad, el faro de la fe.

El copal es el primer abrazo, el humo púrpura que envuelve y purifica, limpiando el espíritu del largo polvo del Mictlán. Es el aire que respiramos de nuevo, ese primer suspiro terrenal que trae consigo el rumor de una casa conocida, el eco de una risa que creímos olvidada. La vida se detiene, y solo entonces, al pie del altar, el dolor es una vela que se consume en paz, sin ráfagas de llanto, solo en ofrenda silenciosa.

II. El banquete de la memoria

El reencuentro no necesita palabras, es un diálogo que sucede en el paladar, en la pupila, en el tacto invisible. Frente a la fotografía, el espíritu se detiene y bebe, y en ese sorbo, el alma mitiga la sed de un año de ausencia.

Ahí está la ofrenda: un banquete de sabor a eternidad. Los tamales guardan la sazón de las abuelas. El mole es un concentrado de tierra, especias y afecto. Cada platillo es un prisma del recuerdo, y al probarlo a través del paladar de los vivos, el difunto revive el placer de su existencia.

El pan de muerto es la prueba de la fraternidad, la unión tangible entre el esqueleto y el fruto. Las calaveritas de azúcar observan con ojos vacíos pero alegres, la muerte convertida en una burla dulce y comestible. Y mientras el alma degusta la esencia de lo ofrecido, la familia, sentada cerca, comparte el mismo pan, el mismo chocolate, uniendo las dos mesas en un solo convivio. La vida celebra a la muerte, y la muerte sonríe en el rostro de la Catrina.

III. El último suspiro del retorno

El reloj de arena de esta noche se agota. La llama de las velas comienza a languidecer, y el frío de la madrugada se cuela por las ventanas. El momento del adiós es tan silencioso como la llegada. No hay gritos ni forcejeos, solo la aceptación cíclica: ha sido un regalo, no una permanencia.

El alma se levanta, llena del calor del hogar y nutrida por el afecto. Deja atrás el retrato, las flores, el pan, pero se lleva consigo la carga más hermosa: la certeza de la memoria. Mira una última vez el altar, el testimonio de que el amor es más fuerte que la huesuda.

Los pétalos de cempasúchil, que ardían dorados, ahora son un camino de vuelta a la oscuridad. Y es la luz de las velas, esa flama titilante de la fe, la que guía el espíritu de regreso a su morada. No es un final triste, sino la promesa implícita en la tradición: solo muere quien es olvidado. Y en este hogar, entre humo de copal y sabor a mole, el recuerdo es una semilla sembrada cada año.

Jonathan Muñoz Ovalle

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